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Marcas

Un retrato colectivo de mujeres de 35+.

Me llamo Ekaterina Soboleva.
Soy fotógrafa rusa, vivo y trabajo en Buenos Aires. En mi trabajo suelo volver al retrato y a los cambios personales que atraviesan las personas con el paso del tiempo.

 

Este proyecto nació cuando cumplí 35 años.
Para ese momento ya llevaba un tiempo observando cómo cambiaba mi cuerpo: aparecían nuevas líneas en el rostro y se hacía más profunda la arruga del entrecejo —la misma que noté por primera vez cuando tenía diecinueve.

Estos cambios ocurren de forma gradual, casi imperceptible. Pero en algún momento entendés que el cuerpo ya no es el mismo. Guarda las huellas del tiempo.

Al observar este proceso, empecé a pensar cada vez más en cómo la sociedad mira la edad. Las canas de un hombre a los cuarenta o cincuenta años suelen interpretarse como un signo de experiencia, estatus o carácter. En cambio, los cambios del cuerpo femenino con la edad muchas veces se convierten en algo que se espera ocultar, corregir o simplemente ignorar.

Quise detenerme y mirar esto desde otro lugar.

Marcas es un proyecto sobre las huellas del tiempo en el cuerpo femenino.
Sobre esos pequeños cambios que toda mujer empieza a notar alguna vez: en la piel, en los gestos, en las líneas del rostro.

En el proyecto participan mujeres mayores de 35 años. Cada una elige la parte de su cuerpo donde notó por primera vez un cambio. Esos fragmentos se convierten en imágenes independientes —grandes, casi abstractas—. Junto a ellas aparecen los retratos de las propias mujeres.

Así surge un archivo colectivo de memoria corporal.

Este proyecto no intenta ocultar los cambios ni dramatizarlos. Propone simplemente mirarlos con atención, como parte de la historia humana.

Porque el cuerpo cambia.
Y eso es normal.

      Albina 38 años

Mis canas empezaron a notarse claramente cuando tenía 26 años.

Pensé que era lo mejor que había heredado de mi padre. Incluso me parecía que sería más divertido si me volviera completamente canosa de una vez, y no así: con esas canas que ya se notan, pero que todavía no dominan.

Durante muchos años las teñí, pero después decidí aceptarlas y dejarlas crecer. Fue un camino largo, casi de dos años, y nadie cercano me apoyaba. Tuve que defender mi derecho a no tapar mis canas.

Ahora son parte de mí y me alegra que mi pelo sea así. Y sigo esperando el día en que se vuelva completamente blanco.

Todavía estoy en el proceso de aceptar mis arrugas en la cara, por eso a veces me pongo botox. No descarto elegir ese camino y hacerlo siempre, simplemente porque la piel se ve más cuidada.

Con los años empecé a preocuparme más por la salud de mi cuerpo que por su apariencia.
Cómo me siento cambió la manera en que me veo.

Ahora quiero mirar al espejo y ver a una persona feliz.

Eugenia 43 años

Noté los cambios alrededor de los 25.Pensamientos — algo como: “mierda… esto también ahora”.
Sentía una especie de impotencia… como si fuera algo de mierda con lo que no puedo hacer nada.

También apareció una sensación rara, como de ser un poco menos… no del todo, pero como si hubiera mujeres con el cuello liso, sin líneas ni arrugas, y otras como yo.

Hoy no hago nada en particular: veo cómo mi cuello sigue cambiando, se vuelve más seco, con más líneas. A veces me da igual, a veces me incomoda un poco, pero no demasiado.

No lo escondo, no lo disimulo, no evito cosas como collares. Simplemente vivo con mi cuello así :)
De hecho, aparecieron cambios que me resultan más difíciles, así que mi atención ahora está más en eso.

Con la edad cambia la forma en que me percibo. Empiezo a gustarme más, aunque creo que también tiene que ver con que me veo bastante bien y muchas personas piensan que soy más joven de lo que soy. Por ahora no hubo cambios drásticos por la edad.

Me preocupaba más el aumento de peso, y cuando bajé un poco, me sentí mucho mejor.
Hoy me da más miedo engordar que envejecer.

Aunque sí me da un poco de miedo la menopausia — siento que ahí es cuando se nota de verdad que ya no sos una chica.
También hago deporte, en parte para no envejecer de golpe.

Tatiana  40 años

Nunca pude nombrar el momento exacto. La edad simplemente estaba ahí — como el clima, como el cambio de estaciones. Algo iba cambiando despacio, solo, y yo no sentía la necesidad de registrarlo.

Si hubo algo que me hizo entender que mi cuerpo ahora me habla de otra manera — fue el sueño. El cuerpo dejó de perdonar las noches sin dormir. Las salidas hasta el amanecer se fueron convirtiendo, solas, en desayunos — y siento que solo gané con eso.

Ahora tengo cuarenta y pico. Me llevo bien con mi edad — sin resistencia, sin rituales especiales de aceptación. Simplemente vivo. No separo los cambios como algo ajeno a mí, por eso tampoco veo sentido en trabajarlos de manera especial.

Lo importante para mí es otra cosa: el cuerpo no me falla. La cabeza aprende — mucho y con gusto. Y quiero que siga siendo así.

Tatiana 70 años

Comentario de su hija:

"Durante la entrevista, mamá coqueteó con la idea de ocultar su edad y la negó rotundamente varias veces. Incluso se indignaba cuando le preguntaban por ella. Personalmente, creo que esa reacción también es una señal del paso del tiempo."
 

Más o menos a los 45 años empezó a notar frente al espejo que los párpados superiores se le caían y se volvían más pesados, y que su mirada se veía cansada. Obviamente, eso no le causó ninguna alegría.

Nunca antes había usado cremas, pero en ese momento salió corriendo a comprarse una Nivea y, con entusiasmo, intentó luchar contra esos cambios.

La piel de las manos se le volvió mucho más fina. Sus hijos se reían y decían que parecían patas de gallina, y eso le dolía.

A veces le daban ganas de usar guantes de encaje para esconderlas, pero nunca se animó.

Con los años, entre tantas responsabilidades y preocupaciones, dejó de encontrar tiempo para ella misma y, en general, no pensaba demasiado en la edad.

Pero ahora llegó cierta sabiduría y una aceptación más profunda de sí misma:

"Lo que hay, es lo que hay."

Elena  45 años

 

En una clase de yoga, inclinándome, de repente vi mis rodillas — y ya no eran angulosas y juveniles, sino redondeadas, femeninas.

Las primeras arrugas las noté a los 25 — unas rayitas al costado de los ojos de tanto reírme. En ese momento pensé: «Dios mío, tengo arrugas.» Pero, la verdad, aparecieron de tanto reír — y eso de alguna manera cambiaba la forma de verlas.

Hoy aprendo a aceptarme — mentalmente. Físicamente — masajes, ejercicio, alimentación. Y también noté algo curioso: miro fotos de hace tres o cinco años y pienso lo joven y linda que estaba. Y así cada vez, cada año. Lo que significa que ahora — es lo mismo.

Con la edad, tu reflejo en el espejo y la sensación interna de una misma se van alejando y dejan de coincidir. Y también entendés que la juventud es la belleza en sí misma. Una lástima que cuando somos jóvenes no nos lo creamos.

Ninel 41 años

 

Los primeros cambios los noté a los 38, y lo primero que se me cruzó por la cabeza fue algo honesto y bastante brusco: «Bueno, estoy al horno...».

Aparecieron las canas, después las líneas de expresión, después la piel de las manos dejó de estar tan firme. Todo llegó de manera inesperada, casi como un golpe. Sentía que junto con esos cambios se iba una parte importante de mí.

Pero con el tiempo entendí otra cosa.

Me di cuenta de que las arrugas no son una destrucción, sino las huellas de los años vividos. Pequeños caminos que dejaron las risas, las sonrisas, el sol de la mañana y todos esos momentos en los que la vida fue tan intensa que terminó dejando marcas en la cara. Son como sellos: el recuerdo de que viví.

Las canas también dejaron de ser un enemigo. Se transformaron en un recordatorio de que todo lo que está vivo cambia. Y que no hace falta esconderlo. Vivimos en un mundo donde cada una puede elegir: teñirse el pelo o dejar que aparezca la plata, recurrir a la cosmética o aceptar cada línea del rostro como parte de su propia historia.

Y lo más importante: entendí que los cambios externos no tocan mi juventud interior.

La edad puede afectar la piel, el pelo, los contornos del cuerpo, pero no el alma.

Por dentro sigo siendo yo: viva, liviana, joven. Y esa sensación no tiene nada que ver con los números del documento. De la misma manera que una persona de 50, 80 o incluso 100 años puede sentirse joven por dentro, a pesar de las transformaciones externas.

Las canas, las arrugas y la edad son solo una capa exterior.

El mundo interior es otra cosa.

Y no envejece.

También podría resumirse así:

Muchas veces percibimos los cambios de la edad como un camino hacia el final de algo. Pero esta foto habla de otra cosa.

Habla de cómo el tiempo transforma el cuerpo sin quitarle su capacidad de crear vida.

De cómo los signos visibles de la edad no siempre hablan de nuestras posibilidades internas.

Y de que no existe ninguna contradicción entre envejecer y seguir viviendo plenamente.

Svetlana 35 años

Noté los cambios a los 25 y me afectó mucho en ese momento.
Hoy la aceptación es un proceso continuo: hay días en los que me siento mal con los cambios de mi cuerpo, y en esos días intento tratarme con más amabilidad.

Cuantos más cambios aparecen, más importante se vuelve esa actitud de aceptación y cuidado hacia mí misma.

Siento que eso es lo que realmente cambió con la edad en mi forma de percibirme: puedo sentir tristeza por los cambios, cuidar mi salud y, al mismo tiempo, practicar una relación más amable conmigo.

Mi historia es mucho más grande que los cambios en la apariencia, y mi cuerpo estuvo conmigo en todo ese camino, acompañándome. Por eso merece cuidado y respeto.

Kathy 67 años

Creo que empecé a notar los cambios a los 60, y pensé: “ugh”.

Para aceptar estos cambios, leí muchos libros y volví a hacer terapia. Mi percepción cambió al entender que el final está más cerca y que no tenemos todo el tiempo del mundo.

Eso me llevó a dedicarme aún más a lo que realmente importa: por ejemplo, rescatar animales no humanos y generar conciencia sobre la crueldad detrás de lo que la gente consume.

Siento que este es el proyecto más importante, porque, como dice Jane Goodall, implica la destrucción de nuestro planeta: la selva, la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, el aire tóxico y, sobre todo, el hecho de quitarles la vida a los animales no humanos y someterlos al sufrimiento por el placer de nuestro gusto.

Nadezhda 38 años

Noté los cambios a los 33, después de mi segundo parto.
Lo primero que pensé fue: “¿Esto en serio? ¿Ahora va a ser así siempre?”

Fue una gran decepción para mí, porque creía que a mí no me iba a pasar.

Hoy estoy más enfocada en el deporte y en mi salud (alimentación, etc.).

Definitivamente cambia la forma en que me percibo. Cada día intento disfrutarme más, y hay un pensamiento que me acompaña: mañana no voy a ser tan joven como hoy.

Eso, de alguna manera, me ayuda mucho en el proceso de aceptación y en el amor hacia mí misma.

 Olga 48 años

Primero empezaron a envejecer las orejas. Y fue taaaan raro.

A los 38, mirándome al espejo, noté que los agujeros de los aros ya no eran redondos sino alargados. En ese momento pensé: «como las abuelitas». No me entristeció — pero me sorprendió.

Después, claro, aparecieron las arrugas, las canas. Pero eso tampoco me afectó — lo tomaba con una sonrisa: «¡Uy, llegamos a las canas!»

En general no cambia mucho la percepción. O simplemente no lo vivo de manera aguda ni dolorosa. A veces solo me sorprende alguna novedad del cuerpo: que a primera hora de la mañana no puedo leer nada sin anteojos, que no puedo abrocharme el corpiño porque los dedos no doblan — y termino googleando una palabra nueva: «artritis».

Los aros los cambié. Ahora uso con cierre inglés — para que los adornos tapen el agujero.

Marina 39 años 

El primer cambio relacionado con la edad que noté en mi cuerpo fueron las várices, alrededor de los 35 años.
 

Mientras las várices apenas se notaban, no me preocupaban demasiado. Pero cuando veía casos más marcados en otras personas, lo asociaba con uno de los signos más evidentes de la vejez. Lo que más recuerdo es a una vecina de una amiga: tenía las piernas azuladas y verdosas, llenas de venas abultadas. No sabía si era por falta de tratamiento o simplemente porque así había evolucionado su cuerpo. Pero sí sabía algo: no quería que me pasara lo mismo. A mí me gustaba mostrar las piernas.

También recuerdo otra situación. Cuando tenía 33 años, vino a visitarme una amiga de mi misma edad. Llevaba shorts cortos y noté que la piel de sus piernas estaba un poco más flácida. Miré las mías y todavía se veían bien. Pero entendí que eso también me iba a pasar.

Ahora tengo 40. La piel de mis piernas también perdió algo de firmeza, aunque por ahora creo que solo yo lo noto. Y las várices finalmente llegaron. Después de dar a luz, apareció una vena en mi pierna izquierda, como un racimo de uvas. Fui al médico y me dijeron que esa vena ya estaba muy dañada y que había que quitarla. Acepté porque esperaba recuperar el aspecto estético de la pierna.

Pero no fue así. Mi pierna izquierda ahora está azulada. No tanto como la de aquella vecina, pero sí tiene muchas venitas visibles y algunas nuevas venas abultadas. El médico me indicó usar medias de compresión de forma permanente. En verano es casi imposible, aunque las blancas me gustan porque se ven lindas.

En general, acepté que estoy envejeciendo. Estoy muy agradecida con mi genética: durante mucho tiempo aparenté menos edad y todavía hoy escucho comentarios como: «¿Tenés 40? ¡Pensé que tenías entre 30 y 34!». Acepté mi pierna azulada. Acepté mi vejez.

Lo que más me cuesta aceptar es que mi cuerpo ya no responde como antes. Antes podía hacer una rueda con una sola mano, saltar o levantarme de golpe sin pensarlo. Ahora me llevó todo un año aprender a tratar mi cuerpo con más cuidado. Si me levanto demasiado rápido, me mareo varios minutos. Si me siento de una forma incómoda, después me cuesta enderezarme. Eso es lo que menos me gusta.

Marcela  59 años

A los 36 noté las primeras arrugas en el contorno de los ojos. Y en ese momento pensé que había que aceptar el paso del tiempo — y disfrutar la belleza que tenía entonces, sabiendo que los cambios irían in crescendo.

Ahora tengo 59. Y los acepto porque soy un todo, no solo una imagen física. Soy mucho más que eso.

Con los años entendí que lo que realmente cambia es la manera en que nos construimos a nosotras mismas — de forma consciente, virtuosa, propia. Una individuación que se va tejiendo despacio, y que con el tiempo se vuelve lo más valioso que tenemos.

Ekaterina 43 años

Después de los 40 empecé a notar nuevas arrugas, canas y cambios en las sensaciones de mi cuerpo. En ese momento pensé que tenía que hacer algo para no convertirme, dentro de 10 o 15 años, en una persona sin energía ni vitalidad.

Empecé a prestar más atención a mi estado físico y a mi desarrollo espiritual. La belleza interior y la salud son mucho más importantes que la apariencia externa. Aunque también creo que el aspecto físico merece tiempo, cuidado y dedicación. Desde entonces busco alcanzar un equilibrio entre ambas cosas.

Por dentro, a cualquier edad, sigo sintiéndome de unos 25 años, no mucho más.

Con los años llega una reevaluación de las prioridades. Ya no existe la necesidad de impresionar a los demás interpretando un papel. La edad también trae la libertad de permitirse hacer cosas que antes no se hacían, porque uno comprende cada vez mejor lo rápido que pasa el tiempo.

Inna  43 años

Recuerdo perfectamente el momento en que noté los primeros cambios de la edad. Tenía treinta y nueve años. Me miré al espejo y vi arrugas en las comisuras de los ojos. Antes no estaban.

Ese mismo día oculté mi fecha de nacimiento en las redes sociales y saqué turno con una cosmetóloga.

— ¿Qué se puede hacer?
— Botox, rellenos, láser.
— Hagamos todo.

Durante varios años me hice tratamientos de manera regular. Me parecía completamente normal gastar mucho dinero para verme un poco más joven. Los mandatos sociales, la verdad, no suelen llevarse muy bien con la razón.

Después me mudé a Argentina y, poco a poco, el foco cambió. Empecé a notar no solo los cambios en mi apariencia, sino también cómo cambiaba mi propio cuerpo. Comencé a leer sobre la menopausia y a buscar información sobre lo que realmente atravesamos las mujeres con el paso del tiempo.

Hace poco una chica pensó que yo era la mamá de un amigo mío. Recuerdo que después de escuchar esa historia pensé: bueno, listo, el proceso ya empezó.

Y, para mi sorpresa, sentí alivio.

Con la edad una se vuelve más libre por dentro. Como si dejara de luchar con tanta fuerza contra lo inevitable. Y cuando aparece la ansiedad, me recuerdo que no soy la única. Es una experiencia humana universal. Y no voy a atravesarla sola.

 

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